Este 4 de junio la villa celebra sus 512 años de fundada, en medio de tiempos difíciles que no opacan sus tradicionales encantos

La villa del Espíritu Santo se despabila esta mañana en los tiempos cruentos que vivimos: muchos de sus hijos amanecen con los ojos puestos en las luminarias casi siempre apagadas, se escucha el pregonar de los panaderos que subieron el precio y el sabor del carbón se impone en el café del desayuno.
A ratos, entra por la ventana el aviso urgente del vecino: “Apúrate, que ya vino la corriente”. Y entonces se arma el corre-corre para cargar los equipos, subir agua, cocinar, lavar y todo lo demás.
Tiempos difíciles vive la villa en sus 512 años de fundada, mientras escudriña el horizonte. Sus aires, todavía encantadores, dicen que la ciudad vino al mundo en tierras de gigantescas arboledas, abundantes de cedros y ceibas, en llanura fértil, cruzada por ríos y pájaros cantores.
Era el ambiente bucólico de la provincia india entonces llamada Magón. Algunas versiones apocalípticas aseguran que el primer emplazamiento a orillas del río Tuinucú apenas se mantuvo por unos años, pues los primigenios habitantes salieron a la desbandada atemorizados por una plaga de bibijaguas u otras hormigas que horadaban el ombligo a los recién nacidos.
Sin embargo, algunos razonamientos lógicos indican otras causas de la mudanza: conflictos entre funcionarios, mejor ubicación geográfica o más brazos para las encomiendas.
Lo cierto es que la cuarta villa fundada por el Adelantado Diego Velázquez, esta aldeana ciudad de seres tibios y mansos, de rejas y tejados, ganado y guitarras, se asentó para siempre en las márgenes del Yayabo, casi al centro de la isla, condenada a un aislamiento de siglos por la ausencia de ferrocarril y el frecuente cierre de su único puerto en Tunas de Zaza.
Al principio, predominaron las construcciones de guano y tabla, que provocaban importantes incendios. Poco a poco, las edificaciones mejoraron a base de ladrillo embarrado y tejas, pero las calles se mantuvieron tortuosas y empedradas.
Las fachadas, con influencias moriscas, nacieron sencillas, mientras que, por doquier, se multiplicaron puentes, plazas y plazuelas, agradables para pasear al atardecer.
Los dineros y la bonanza llegaron a Sancti Spíritus en el siglo XIX, cuando creció la demanda nacional por su ganado. Nacieron entonces las obras arquitectónicas que, junto a la Iglesia Mayor, identifican hoy a la ciudad por todo el mundo: el Teatro Principal y el puente sobre el río Yayabo.
La vida urbana se movía y, junto a las ya clásicas procesiones religiosas y fiestas del Santiago, aparecieron las ferias ganaderas, obras de teatro, tertulias, retretas, exposiciones de arte y música, algunos de cuyos encantos se mantienen vivos hasta hoy.
La singularidad espirituana se encuentra en cualquier rincón, por ejemplo, en la vieja tradición de las guayaberas, esa pieza de vestir convertida en símbolo desde que fue aprobada por acuerdo del Ayuntamiento—, como prenda de gala para actos públicos, en la década de los 80 de la pasada centuria.
Una contribución imprescindible al pensamiento espirituano sostuvo la familia Fernández-Morera, con aportes a la poesía, la pintura y la historia, materia esta última donde existe toda una cultura investigativa, desde los Martínez-Moles y Segundo Marín, hasta el también ya fallecido Orlando Barrera y la singular historiadora María Antonieta Jiménez.
Por su parte, la crónica patriótica de Sancti Spíritus incluye líneas imprescindibles en la historia de la nación, donde emerge con especial luz, conciliador y firme, el Mayor General Serafín Sánchez, el paladín de las tres guerras por la independencia.
Cubrir más de cinco siglos de existencia parece un empeño imposible, donde no pueden olvidase las tejas de Antonio Díaz, la canción Pensamiento, de Teofilito, los tríos y puntos del Yayabo, la poesía multiplicada, en fin, todo el abrazo de una ciudad que se mantiene contemporánea en su tradición.
Fuente: Escambray
Publicación Recomendada:
