Ramiro Valdés Menéndez, Comandante de la Revolución fallecido el pasado domingo, dejó su ejemplo y conducta para las presentes y futuras generaciones de revolucionarios

Por: Lillipsy Bello Cancio
Hoy sé por qué siempre me impresionó tanto su diminuta figura, tan inmensa como la historia que él mismo escribió. Con el paso del tiempo y tener la oportunidad de tenerlo tan cerca, escucharlo, aprender de su sabiduría lúcida y preclara como su nombre mismo, comprendí que la grandeza no tiene nada que ver con la masa (la que nos enseñan en Física) o con lo físico (que nos enseñan desde que nacemos).
A Ramiro, gracias a esta profesión a la que cada día le agradezco más, lo conocí hace ya más de una década (y digo “conocerlo” como tenerlo delante, verlo y escucharlo sin cámaras mediantes o en la foto de un libro o un periódico): fue en un acto por allá por “El Pedrero”. Llegó con paso firme, ¡tanto, que no parecía que cargaba más de ocho décadas y cientos de batallas sobre sus hombros!, sobrio pero cálido, impresionante… pero cercano. Entonces, al final del acto, nos saludó a los locutores con una amabilidad que, aunque esperada, no pudo menos que sorprenderme. Estrechar su mano, una mano pequeña, con dedos delgados y una piel fina que los años curtieron, me provocó una sensación que jamás olvidaré. ¡Sería (aunque por aquel entonces no tenía la más mínima idea), el primero de una serie de encuentros en los que siempre le descubría algo nuevo.
Años más tarde y después de no pocos actos en los que desde la distancia lo miraba y pensaba en cómo era posible que tanta heroicidad cupiera en tamaño cuerpo, tuve la oportunidad de presenciar un encuentro suyo con cuadros… otra vez, resultaría inolvidable.
Y es que Ramiro, el amigo del Che y de Fidel, el camarada de Raúl no podía ser diferente: en un tono muy bajo pero muy firme, interrogó, cuestionó, puso el dedo en todas las llagas que según él tenían que sangrar para que el pueblo pudiera recibir algo mejor, no permitió “muela alguna” y, ¡por si fuera poco!, ofreció una lección de cómo los hechos que marcan la historia, sin importar los años transcurridos, pueden continuar siendo referentes, aunque los tiempos cambien y los hombres no sean los mismos.
En esta ocasión Ramiro llegó a los más vulnerables, allí donde él sabía podía intercambiar y encontrar “verdades”: en el Hogar de Ancianos de Cabaiguán intercambió con los abuelos y se preocupó por su alimentación y las garantías de sus necesidades básicas; en el Hogar Materno se preocupó por el futuro de las más jóvenes y en ambos lugares sus trabajadores también fueron objeto de preocupación.
Casi al final de aquella tarde, el saludo al General Sancho, el sillón que en el portal parecía esperara por el viejo amigo y el breve intercambio de anécdotas confirmó la sencilla grandeza de un hombre que desdeñó los protocolos desde el mismo primer minuto que puso sus pies en la sede del gobierno cabaiguanense o cuando se sentó a almorzar con la prensa, los cuadros que lo acompañaban y los trabajadores de la Refinería, sin más escolta que su moral… ¡y nosotros, claro!
La última vez que lo tuve cerca fue el día de la inauguración del parque solar: otra vez llegó puntual y sin fanfarrias recorrió el enclave, conversó con los técnicos y disfrutó el encuentro con los jóvenes que allí laboraban.
Quizás por eso lo extrañaba en la televisión, en el seguimiento a la situación electro energética del país y las inversiones que se acometen para su recuperación, por eso lo buscaba en las principales conmemoraciones que han tenido lugar los últimos tiempos aquí, porque Ramiro estaba siempre, estaba en todas, a tal punto que quienes lo admirábamos no podíamos menos que preguntarnos cómo era posible tanta vitalidad con noventa años.
Ramiro Valdés ha muerto… desde este jueves, el Héroe descansará junto a su amigo (al que él mismo trajo de regreso a la Isla que lo adoptó, que lo hizo suyo) y el pueblo, su pueblo lo buscará entonces en el altar de la Patria, allí donde los hombres buenos y dignos permanecen vivos, desafiantes, rebeldes… eternos…
