Sin más ambición que las ansias de libertad, el paladín espirituano marcó hitos en la historia de las tres guerras libradas por los mambises cubanos

El primogénito del matrimonio Sánchez Valdivia llegó al mundo con el único privilegio de ser cubano y ver la luz, hace 180 años, el 2 de julio de 1846, en el seno de una de las familias respetadas y virtuosas de la ciudad de Sancti Spíritus. Le dieron un nombre grande, Serafín Gualberto, sin sospechar que iba a ser inmenso, un hombre lleno de integridad y cubanía, una de las figuras más excelsas de las luchas contra la ocupación española y un espirituano insigne, héroe de las tres guerras de independencia.
Lo de cubano de pura cepa nació con él por su apego a la vida libre, en pleno campo, con el gusto de sus baños en el río y con la aptitud para montar a caballo, algo que le facilitó adaptarse a las difíciles condiciones de la manigua redentora durante las gestas guerras mambisas, en las que tuvo Serafín una asombrosa hoja de servicios, toda vez que dejó sus huellas en más de 120 combates contra las tropas españolas
A pesar de crecer lejos de penurias económicas, muy joven tuvo claras las injusticias que padecía su patria y la necesidad de encontrar adeptos con ideas de redención; así, fue de los primeros en salir al monte en este territorio cuando, con apenas 22 años de edad, se alzó al frente de 45 hombres armados de escopetas el 6 de febrero de 1869, en la finca Los Hondones, en la zona de Bellamota, perteneciente a la demarcación espirituana.
Más adelante se incorporó a Honorato del Castillo y luego al coronel Leonte Guerra, bravo entre los bravos; asistió a la toma de Mayajigua y al ataque de Chambas, para después volver al lado de Honorato del Castillo, con quien estuvo hasta el día fatal en que cayó el jefe mambí. Sofocada la Revolución en las Villas, marchó al Camagüey, donde se sumó a Ignacio Agramonte. Al frente de 80 hombres, chinos en su mayoría, asistió a la acción de Jimaguayú, donde se eclipsó para siempre la vida de aquel hombre estupendo, legislador y soldado. Cuando, en sustitución de Agramonte, pasó a ese territorio Máximo Gómez, protagonizó numerosos combates a las órdenes del insigne caudillo, entre ellos los de Palo Seco, La Sacra y Naranjo, timbres de gloria del ejército cubano. Más tarde asaltó el fuerte San Antonio del Jíbaro, al frente de un escaso número de hombres, para lograr un verdadero triunfo gracias a la oportuna llegada del general Julio Sanguily. Nombrado luego jefe de la brigada de Sancti Spíritus, libró batallas memorables en varios sitios de esta geografía.
Serafín, como Maceo y Gómez, combatió en la Guerra de los Diez Años hasta el límite de las posibilidades humanas en un hombre de portentosa salud y resistencia física, puestas de manifiesto en incontables lances bélicos, incluidas grandes batallas, como la de Las Guásimas en 1874, donde mostró entereza, incluso bajo circunstancias tan críticas como el episodio del cólera en la finca Los Guanales, donde murieron todos los enfermos que él y un puñado de valientes se quedaron para asistir de forma voluntaria.
Fue el hombre que, al mando de Máximo Gómez, en Camagüey y en la Campaña de Las Villas, se forjó como jefe. El ilustre dominicano fue su guía y amigo. Serafín, su aliado en la lucha contra el localismo villareño, lo siguió sin vacilación en la Invasión a Occidente.
Opuesto a la paz sin independencia, dejó firme su postura ante el pacto que dejaba detenida la lucha y que nunca aceptó Maceo. «El Zanjón fue en el fondo una cobardía, en la forma una vileza y en sus funestos resultados una traición execrable contra Cuba».
Concluida la guerra, se quedó en la isla, pero, impaciente, al frente de 400 hombres, el 9 de noviembre de 1879 se lanzó al campo en Sancti Spíritus, en la llamada Guerra Chiquita. Allí ganó el grado de Mayor General.
Su grandeza, muchas veces expuesta con letras chiquitas, lo llevó a ser el hombre de confianza de José Martí en los momentos culminantes de los preparativos de la Guerra Necesaria, vínculo imprescindible con los tabaqueros de Tampa y Cayo Hueso.
El primer encuentro entre el Mayor General Serafín Sánchez y Martí aconteció en Nueva York, Estados Unidos, en julio de 1891, y meses más tarde, en una misiva escrita por el más universal de los cubanos al revolucionario Eduardo Hidalgo Gato, escribió acerca del espirituano: «De sólidos méritos y limpio corazón ( ), el valiente y sensato cubano Serafín Sánchez. De soldado se anduvo toda Cuba, y adquirió gloria justa y grande. Es persona de discreción y de manejo de hombres, de honradez absoluta y de reserva, y como usted lo ve tiene de columna hasta la estatura».
En abril de 1896 es designado Inspector General del Ejército Libertador. Se traslada a Camagüey y al Oriente cubano, buscando limar asperezas entre compatriotas, e imponer el orden y la disciplina. Martiano de corazón, tan pronto llegó a tierras orientales peregrinó a Dos Ríos. De aquel encuentro con el sitio sagrado de la muerte del Apóstol, escribiría: «( ) Yo también, como otros tantos soldados de la Revolución, tuve necesidad de visitar el lugar consagrado por la sangre del patriota Martí; allí me llevaron con fuerza irresistible las ansias vehementes de mi corazón, entristecido por los recuerdos de un pasado todavía próximo. (…) Fui al calvario de José Martí cómo va el creyente sincero a arrodillarse delante del dios de los ideales santos de su religión. ¡Dichosos los que han podido llegar a contemplar aquel histórico sitio, pues los que allí van a meditar y a sentir merecerán siempre bien de la Patria!
No fueron pocos los que opinaron de la inmensidad y la inteligencia del Mayor General y de su integridad, grandeza y liderazgo, como lo plasmó Bernabé Boza en su libro Mi diario de guerra: «Salimos en marcha a las 6:00 a.m. y acampamos en Pozo Azul, sale a practicar un reconocimiento el general Serafín Sánchez. Me parece que este jefe es, después de Gómez y Maceo, el mejor general que tenemos en la guerra hoy».
«Serafín Sánchez era un hombre bueno, patriota sincero y sin desmayos. Murió como había vivido: por la libertad y para la libertad. Si hay otra vida, su espíritu sonreirá al ver a Cuba libre e independiente, que fue su sueño y su aspiración», afirmaría el militar y general de brigada del Ejército Libertador Enrique Collazo.
Su amor hacia la Patria, por la que luchó en las tres guerras de independencia, fue inconmensurable, lo mismo que su espíritu independentista, algo que le dio al Mayor General mambí una visión nítida del poderoso vecino del norte y los peligros de su influencia en los destinos de Cuba; así lo plasmó con claridad en su Diario de Campaña: «(…) Pobre Cuba, patria mía, en manos de Estados Unidos, sus hijos, fracción pequeña e insignificante, serían anulados e ilotas en su propia patria teniendo de más el desprecio de la endiosada raza sajona y de menos la consideración de sus propios.
«En estos últimos tiempos de verdadera incertidumbre política y de amañadas sugestiones a los caprichos y veleidades de la indiferencia y la ignorancia, vemos que la esperanza de Cuba dentro y fuera viene ocupándose de la anexión de la isla a los Estados Unidos, y como esa idea torpe y criminal data desde hace tiempo, y siempre condenada por todos los hijos de Cuba, digamos de tal nombre que ellos han visto sólo la expresión de cabales propósitos y de mezquindades egoístas (…)».