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El más brillante de los guerrilleros y el más humano de los hombres: Camilo

Además de ser un audaz estratega militar, Camilo llevaba dentro dosis de sencillez, solidaridad y apego a las normas cívicas

Camilo

Apenas tenía 26 años cuando partió de la Sierra Maestra al frente de la Columna No. 8 Antonio Maceo; estaba por escribirse la proeza de 48 días de marcha, hazaña que lideró a pura tenacidad y ejemplo y donde solo accedieron a comida cocinada 11 veces, incluido el día en que consumieron una yegua medio cruda y sin sal, como recoge la historia.

Ya al iniciar la Invasión en aquel agosto de 1958, Camilo Cienfuegos había demostrado lealtad, arrojo y aptitudes para la guerra irregular; tiempo antes Fidel dio una prueba inequívoca de su confianza en él cuando es el primero que baja a los llanos del río Cauto al frente de una tropa rebelde. Pero el más brillante de todos los guerrilleros, al decir del Che, además cargaba en la mochila de su alma ética, valores y sensibilidad.

Para mirar al interior del Señor de la Vanguardia, como también fuera bautizado, es casi obligado hacerlo por intermedio de Gerónimo Besánguiz Legarreta, director del Complejo Histórico Comandante Camilo Cienfuegos, no solo por esa dedicación al estudio y preservación del legado del Héroe de Yaguajay, sino porque tuvo el privilegio de haber conversado de primera mano con muchas de las personas que compartieron trincheras con el legendario guerrillero, lo acompañaron en la invasión y en los meses que vivió después del triunfo de la Revolución.

Escambray rememora pasajes humanos de Camilo, algunos poco conocidos, pero todos reveladores del líder humano, sencillo, bondadoso, alegre y formador que fue; llevaba dentro la decencia de la educación inculcada por sus padres y apego a las normas cívicas. Era un hombre dotado de singular capacidad para reaccionar con inmediatez ante los hechos o dar respuestas exactas a las más imprevistas situaciones.

LAS NARANJAS HAY QUE PEDIRLAS

En este recuento de facetas personales del Comandante Camilo, Besánguiz Legarreta hace alusión a la anécdota relacionada con una niña en Venegas, cuando las fuerzas rebeldes toman la localidad como parte de la ofensiva del Frente Norte de Las Villas a finales de 1958.

“Allí el cuartel tenía al lado una casilla del ferrocarril y pegado vivía una muchachita con su familia; se produce el ataque al poblado, la rendición y se le prende candela al cuartel. Enseguida sale la niña y se abraza a Camilo diciéndole que le iban a quemar su casa. De momento Camilo no se percata, pero cuando se da cuenta, inmediatamente convocó a todos allí a detener la candela para preservar la casa. Él subordinó la destrucción del cuartel ante aquel reclamo de una familia muy pobre”.

Relata el también Historiador de Yaguajay: “El día que va la columna para Juan Francisco, pasa por la casa de un campesino. Camilo iba delante y estaba hablando con los dueños cuando ve a algunos miembros de la tropa comiendo naranjas. Enseguida preguntó: ‘¿Y esas naranjas quién se las dio?’. La mujer de la casa trató de interferir, pero Camilo no entendió. ‘Las naranjas hay que pedirlas, ahora devuélvanlas’, dijo. Eso te da la magnitud del respeto a lo ajeno, de la disciplina que le exigía a la tropa”.

Besánguiz hace la observación de que Camilo venía de Oriente con personas que en su mayoría no sabían leer ni escribir, por eso su principal herramienta para lograr la disciplina en la tropa era el ejemplo. “Si había que caminar, él era el que más caminaba; nunca comía de primero, siempre era el último, y la intención principal era que a todos tocaran raciones iguales. Basta con pensar cómo se vivía en el campo y que a cualquier casa campesina de la época le llegaran de pronto 90 hombres a comer”.

Muchos de estos pasajes acontecieron en medio de la guerra, de ahí la espontaneidad de las situaciones que se presentaban. Llama la atención la respuesta inmediata que daba Camilo. Por ejemplo —rememora el historiador—, en una ocasión un colaborador se quejó de un miembro de la tropa que estaba utilizando una expresión racista; al instante Camilo le aclaró: “En la Columna No. 8 hay un solo color de piel”.

Describe también Besánguiz Legarreta que Camilo, al igual que Sergio del Valle, hizo mucha relación con la familia de Tomasito Álvarez, uno de los más destacados colaboradores del Frente Norte. Había una hermana de Rosalba —novia de Camilo e hija de Tomasito— que tenía problemas de audición. Después del triunfo revolucionario, Sergio del Valle llevó a la muchacha a La Habana porque Camilo insistió que la vieran los médicos. Allí Camilo la invitó a una comida.

“Imagínate, esa muchacha era de una familia muy humilde, adaptada a las costumbres de un bohío. En el restaurante sirvieron pollo, los demás en la mesa empezaron a comer, pero Camilo se da cuenta de que la muchacha no atinaba a nada; entonces le dice: ‘Vamos a comer el pollo como lo comen en tu casa’, y él fue el primero que agarró la posta con la mano, entonces enseguida ella lo imitó. Camilo se puso a la altura de aquella guajirita”.

CURA ES MÁS QUE CAPITÁN

Camilo daba respuestas con una agilidad increíble, reitera el historiador, y narra otra anécdota. “En Yaguajay había un cura y la Iglesia apoyó la lucha rebelde, incluso hay una foto en el Museo en la que aparece Camilo acostado en medio del parque, frente a la Iglesia, con una ametralladora fajado con una avioneta, y el sacerdote al lado aguantando la cinta de balas.

“En medio de aquellas jornadas de la batalla, el cura habla con el jefe del Movimiento del 26 de Julio en Yaguajay pidiéndole que interceda con Camilo para ver si le podían dar los grados de capitán. Parece que dentro de tantas ocupaciones no se hace la gestión, en uno de aquellos días el propio cura se encuentra a Camilo en el portal del Ayuntamiento y directamente lo aborda con la aspiración a los grados de capitán. Camilo le dice enseguida: ‘Mire, padre, desde que salí de la Sierra Maestra yo tengo en mi columna tres capitanes y no tengo cura; cura es más que capitán’, ahí terminó aquel asunto”, apunta Gerónimo.

Está también la anécdota de Ramón López, dueño de una tienda mixta grande situada en el central Narcisa, refiere el historiador. “Camilo encargaba las compras ahí, enviando papelitos.

Lawton (Roberto Sánchez Bartelemy), que era el tesorero de la tropa, me contó que el 30 de diciembre Camilo lo mandó a la tienda. Le dio a Ramón la lista para comprar; cuando el dueño sacó cuentas aquello pasaba de 1 000 pesos. Refirió Lawton que Ramón le dijo: ‘Óyeme, dile a Camilo que esto se ha pasado de 1 000 pesos, que no soy un hombre rico y con ese dinero es que yo reciclo para mantener la tienda surtida’.

“Entonces Lawton le respondió: ‘Bueno, Ramón, imagínese, el problema es que la guerra es muy cara’; y Ramón le contestó: ‘Dígamelo a mí, que la estoy pagando yo solo’. El mismo Lawton vino a Narcisa a finales de febrero de 1959 con una maleta con dinero a pagar allí y en otras tiendas las deudas que había. Camilo tuvo siempre mucho control de toda esa contribución y agradecía esa ayuda”, detalla el director del Complejo Histórico.

FULGENCIO ES EL PERRO

Recuerda Besánguiz Legarreta que Orestes Guerra, jefe de la vanguardia en la columna invasora, le contó una anécdota de los llanos de Oriente. Resulta que Camilo tenía una camarita en la mochila de Orestes, pero estaba rota; un día, mientras los rebeldes andaban cerca de Bayamo, se topan con unos pescadores.

“Después de intercambiar con ellos, a Camilo se le ocurre decirles: ‘Vamos a tirarnos unas fotos’, y le hizo señas a Orestes para que las tomara. Orestes sabía que la cámara, aunque tenía rollo, no servía, pero acató la indicación de Camilo. Después de las supuestas fotos, Camilo les dijo: ‘Óiganme, ustedes no pueden contarle de este encuentro a nadie porque estamos aquí en secreto; si dicen algo y nosotros dejamos esa cámara por ahí y los guardias revelan el rollo, en qué problema se meterían ustedes’. Mira qué ardid usó Camilo para evitar una delación”.

Gerónimo evoca la influencia de los padres en la formación de Camilo, en particular de Ramón, un hombre muy revolucionario para su época, subraya.

“Una de las veces que registraron la casa de la familia en La Habana —relata—, el padre podía haberse escudado en las ocurrencias de Camilo; sin embargo, no lo hizo. Resulta que por los días del golpe de Estado de Batista en 1952 llega un perrito a la casa, Camilo lo recoge y le puso Fulgencio.

“Después él se va a Estados Unidos, estando allá escribe una carta y, dentro de otras cosas, Camilo les dice a los padres: ‘Cuídenme mucho a Fulgencio, saludos para él’, y cosas así. En el registro un guardia ve la carta, la lee y le dice a Ramón: ‘Tu hijo habla bien de Fulgencio’, pero qué va, el viejo cortó por lo sano y sin reparar en los riesgos que corría le ripostó: ‘Mi hijo nada, Fulgencio es el perro”.

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