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Cultivos con aroma de mujer

Detrás de la productividad de las Casas de Cultivos Protegidos de la Empresa Agroindustrial de Granos Valle del Caonao, de Yaguajay, están las manos femeninas que han dedicado gran parte de su vida a la agricultura

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A lo lejos parece un lugar desierto. Rara vez se ve el entra y sale de personas, salvo cuando las producciones están listas para la venta. Y es que en las casas de cultivos protegidos, pertenecientes a la UEB Agrícola de la Empresa Agroindustrial Valle del Caonao, de Yaguajay, cada cual está en su sitio.

Desde bien cerca de las siete de la mañana y hasta las cuatro de la tarde, los 10 trabajadores que integran este colectivo, liderado sobre todo por féminas, se entregan en cuerpo y alma a la atención de las plantaciones.

Justo en las cercanías de Batey Colorado se erigen estas infraestructuras, cubiertas por las llamadas mallas sombras, las cuales controlan condiciones ambientales como la temperatura, iluminación, humedad y el sistema de riego. Aquí las producciones no están a cielo abierto y así alcanzan los mejores rendimientos.

Detrás de la productividad que exhiben hasta el momento estas casas de cultivos protegidos, están las manos de mujeres que han dedicado gran parte de su vida a la agricultura. Quizás por ello, nada de lo que se hace aquí es un camino tortuoso para ellas, sino una rutina de satisfacción personal.

OPORTUNIDAD DE EMPLEO  

Yoleisy Estrada Hernández encontró en las casas de cultivos protegidos del Valle Caonao la posibilidad de contar con un sustento familiar. Aunque llegó sin dominar el ritmo de trabajo, poco a poco aprendió a conducir las plantas y hasta a deshijarlas. Todo con el apoyo de sus compañeras y de su jefa de colectivo.

“Cada una de nosotras atiende tres casas. Las mías se destinan al tomate y el ají picante. Para no descuidarlas, todos los días trabajo en una de ellas. Hay que encargarse de sembrar, de guataquear, de echarles líquidos a las plantas y de regarlas”, cuenta mientras deshija el cultivo del tomate para darle más fuerza al cultivo y por ende más frutos.

Al interior de las casas de cultivo el mundo parece otro. El roce con las plantas ofrece una paz peculiar. Bien lo sabe Hilda Vázquez Díaz, otra de las mujeres que labora en este sitio. “Soy feliz viendo crecer los vegetales. Cada variedad tiene su tiempo y sus especificidades, por eso hay que tratarlas con esmero”, subraya desde uno de los canteros.

“Yo he sembrado pepino, ají, col… Lo primero que se hace antes de sembrar es picotear el cantero, luego se riega para desinfectar y después se realiza la siembra. Hay casas que tienen cuatro o cinco canteros y entre todas nos ponemos y los sembramos”, explica la fémina de 57 años de edad.

“Aquí tenemos 10 casas de cultivo, una dedicada a la producción de posturas para la venta a los productores y nueve para la producción de hortalizas, entre ellas, pepino, tomate, col y ají picante para la exportación”, asegura María Rodríguez García, jefa de colectivo.

Según la propia María, hasta el momento producen, como promedio al mes, de 45 000 a 50 000 posturas, las cuales se expenden a los productores de las bases productivas de la empresa, mientras que las hortalizas tienen como destino las ventas al turismo.

EN PLENAS FAENAS

A Nérvida Calero Toboso no le asusta ni la más complicada de las faenas del campo. Toda su vida ha estado ligada a la agricultura. Por ello, cuando le avisaron para trabajar en las casas de cultivo no lo pensó dos veces.

“Me encanta este trabajo. Me gusta venir todos los días. Aquí me siento útil con lo que hago”, señala Nérvida con los pies bien puestos sobre la tierra que hace renacer y producir; una verdad que corrobora Yoleisy, quien agradece haber encontrado esta oportunidad de empleo.

“Hasta ahora hemos sobrecumplido el plan de ingresos, lo cual nos ha permitido estimular a los trabajadores, pues estamos vinculados al sistema de pago por resultados, de ingresos menos gastos, y las utilidades se distribuyen de la siguiente manera: un 50 por ciento para la empresa y el otro para el colectivo”, puntualiza Rodríguez García.

“Es reconfortante porque ves el fruto del esfuerzo”, precisa Hilday y alega que con el trabajo diario les brindan un cuidado especial a los cultivos protegidos, que poseen ciertas ventajas en relación con los que se gestan a pleno sol.

“Este tipo de cultivos se protegen de las inclemencias del tiempo como agua, altas radiaciones solares… Las mallas posibilitan que haya menos incidencia de áfidos o pulgones y mosca blanca. No obstante, hemos tenido plagas y enfermedades, pero estamos usando medios alternativos de control como la cal y el humus de lombriz.

“No quiere decir que no utilicemos productos químicos. Los usamos siempre que estén a nuestro alcance, respetando el término de cadencia de los productos para que puedan ser vendidos y no dañen la salud”, destaca la jefa de colectivo de las casas de cultivo.

Aunque la esencia de estas casas de cultivo es potenciar la producción de posturas y de hortalizas, las féminas no descuidan la higiene del lugar. “También limpiamos el interior de las casas y sus exteriores”, confiesa Hilda.

Por esta voluntad de hacer bien lo que les toca, las mujeres de las casas de cultivos protegidos del Valle Caonao resultan referencia para la entidad. Lo logrado hasta hoy es fruto de su esfuerzo y consagración.

“El rol de nuestras trabajadoras es decisivo y la muestra está en el cumplimiento de las producciones y los ingresos. Sería bueno crecer en otra casa de postura para tener más ingresos y poder responder a las exigencias y necesidades de los productores”, afirma María.

Sin dudas, las mujeres de las casas de cultivo saben que impulsar el programa alimentario es una necesidad vital de seguridad y soberanía nacional. Por ello, les sobra voluntad para trabajar y hacer producir la tierra.  

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