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En la batalla contra la COVID-19, escalar vidas y no cifras

Antes de que menguaran los diagnósticos, a los cabaiguanenses nos pareció no soportar más despedidas. Las familias elevaron sus promesas y en algún lugar, a quienes el COVID-19 no les dio una segunda oportunidad, saben de tantas velas encendidas

COVID-19
Hoy, como en la nueva normalidad, la prevención es la única aliada para enfrentar la COVID-19.

Por: Alexey Mompeller Lorenzo

Según el criterio de los epidemiólogos, ahora mismo Cabaiguán está en la cola de la pandemia. Lejos de términos científicos la expresión ilustra la  realidad y para llegar a este momento, una jornada de septiembre escandalizó con 236 casos positivos a la COVID-19. Durante otros instantes de ese mes la cifra de contagiados superó el centenar de enfermos.

Antes de que menguaran los diagnósticos, a los cabaiguanenses nos pareció no soportar más despedidas. Las familias elevaron sus promesas y en algún lugar, a quienes el SARS-CoV-2 no les dio una segunda oportunidad, saben de tantas velas encendidas. 

Pero que el descenso de la positividad de la COVID-19. se note hoy en dos dígitos, al llegar a computarse solo 10 casos en 24 horas, apenas es un respiro en una crisis sanitaria todavía sin punto final.

El nuevo coronavirus busca guarida segura donde los protocolos de bioseguridad parecen obra de ciencia ficción. Por las violaciones de esas normas, en determinadas zonas rurales del territorio alimentan al patógeno. Al destaparse el evento de transmisión comunitaria en Jíquima de Peláez, suceso que a lo largo de semanas ha sumado más de 200 personas confirmadas, la tranquilidad pidió vacaciones en el área.

Y no es el único enclave de difícil acceso amenazado por la COVID-19, en otros entornos los pobladores reservan el nasobuco, las soluciones desinfectantes y el aislamiento social para las visitas al pueblo.

Ciertamente la tasa de incidencia que  días atrás superaba los mil enfermos por 100 000 habitantes continúa bajando pero demasiadas negligencias aplazan la nueva normalidad cuando otras ciudades del país aprenden a convivir con la pandemia.

Casi dos años de confinamiento, limitaciones y desasosiegos siquiera han servido para escarmentar. Ciertos pacientes sospechosos, y hasta esos números han disminuido, insisten en disimular los indicios sugestivos de la enfermedad y rechazan el ingreso en centros asistenciales para infectar a los suyos.

Que los hospitales de campaña no son un hotel cinco estrellas se sabe pero en este minuto del rebrote disponen por fortuna de los recursos y capacidades para recibir a los cabaiguanenses. Igual Salud Pública asume que ha rodado con la misma piedra de la morosidad en los estudios poblaciones; en la realización de medios diagnósticos, por suerte un dolor de cabeza aliviado en las consultas de Infecciones Respiratorias Agudas (IRA);  que en ocasiones necesita un GPS para localizar a los casos positivos porque llegan a hogares equivocados; y que algunos pacientes esperan conocer al médico de su consultorio después de emitírseles el alta epidemiológica. Incongruencias por limar para evitar semejantes desatinos en una próxima oleada que esperemos no suceda.

Aún cuando se ignora la fecha para la reapertura total de los servicios, aunque la autorización para el reinicio del transporte intermunicipal  es la noticia  que le quita el sueño a los  cabaiguanenses, no pocos estiran el brazo para tocar la meta entendida como el regreso de las actividades semipresenciales a instituciones culturales y recreativas; o aprovechar el chapuzón en la playa para librarse unos minutos de la mascarilla.

Esta provincia, líder en el país por la elevada incidencia de casos, la misma tierra espirituana donde debutó el SARS-CoV-2 en Cuba en marzo de 2020 con aquellos tres turistas italianos, tachará otros días del almanaque del actual año hasta minimizar los casos de COVID-19.

Mas la toalla no debe colgarse. A partir del 7 de noviembre queda suspendido el aislamiento de viajeros procedentes del exterior.  Un pie en la escalerilla del avión y el otro en la casa costará mayor movimiento de personas, reencuentros familiares, autos rentados y fiestas.

Con el credo en la boca volveremos a andar si la indolencia continúa siendo  protagonista en una etapa que se avecina y si los cuerpos de vigilancia no aplican con severidad el Decreto  31, porque en una cola el último lo sigue dando la pandemia.

A unos pasos de la nueva normalidad que parecía lejana nos agolpan tantos planes como  dudas. Solo hay una certeza, la de respirar y no por medios artificiales, sino hacerlo por sí mismos y sin velas encendidas.

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