El arranque de cada contienda azucarera sobrepasa los límites del central para cambiar el ritmo de toda una comunidad

Llegó la hora del arranque. Movimiento de camiones, combinadas cosechadoras de caña, trenes cargados de vagones y pelotones camino a los campos. La Empresa Agroindustrial Azucarera Melanio Hernández se sacude toda. En la industria se vive un ajetreo que ya es costumbre en esta época del año. El humo de la chimenea trae recuerdos, desvelos y esperanzas.
Desde el campo hasta el central han de hilvanarse un grupo grande de aseguramientos para este día, que vivirlo junto a los hombres y mujeres del azúcar es todo un privilegio.
La zafra se decide en el campo. La calidad de la gramínea y su cosecha es el primer punto alto del arranque.
No son pocos los obstáculos que los pelotones deben sortear en el surco para mantener los ritmos que la eficiencia industrial demanda. El largo tiempo de explotación de la maquinaria, junto a las carencia de insumos para los mantenimientos hacen mucho más difícil la tarea, pero la inteligencia y creatividad de los operarios ayuda a seguir la marcha de los cortes a la vez que se crean las condiciones básicas de atención a los trabajadores en el campo.
Un peso importante tiene el rápido traslado de la caña para poder lograr rendimientos altos en su procesamiento. Para ello se aseguran las reparaciones y se ponen a disposición los recursos imprescindibles para los medios de transporte por carretera y por ferrocarril.
Mientras el Melanio Hernández arranca y el olor a melaza envuelve a Tuinucú, los habitantes de la zona reviven el deleite que se convirtió en patrón identitario, transmitido de generación en generación, cuando el día del inicio de la zafra, año tras año, la vieja chimenea anuncia que todo comienza a ser diferente mientras dure la zafra.