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Tener tarjeta y pagar en efectivo

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Tomado de Escambray

Aunque se incentiva la adquisición de tarjetas magnéticas para distintas acciones comerciales, varios contratiempos impiden que estas sean una opción eficaz.

En algunas tiendas los clientes suelen ser una bola de billar: “Por esta caja no pasa la tarjeta”; “El pos hoy no funciona”; “No hay conexión”… y la gente dando tumbos de un lado a otro con la tarjeta magnética en la mano y sin poder pagar por medio de ella o, en el peor de los casos, sin adquirir la mercancía.

Y se ha dicho y se ha insistido: las tarjetas se han creado para aligerarles la vida a los usuarios; se ha diversificado su uso para que cualquiera pueda recibir sus beneficios —que pueden traducirse hasta en bonificaciones de porcientos de rebaja de las compras en ciertas fechas—; se ha facilitado su adquisición para que todos puedan disponer de ellas y descongestionar un poco las instalaciones bancarias.

Han sido eso y también, a veces, un quebradero de cabeza. Lo es, sobre todo, a la hora del pago en los denominados Terminales de Punto de Venta (TPV) ubicados en las tiendas recaudadoras de divisas y pertenecientes a Fincimex. Dos años atrás, cuando Escambray abundaba sobre el empleo de las tarjetas en la provincia los propios directivos de instituciones bancarias reconocían algunas deudas del servicio en estos lugares: la conexión por vía telefónica que a veces está congestionada o se enlentece; la rotura de algunos TPV; la indisposición de los dependientes a pasar las tarjetas porque retrasa la cola o porque no ofrece la posibilidad de propinas… Dos años después no se han saldado.

Con la agenda más magnetizada que las mismas tarjetas, en las cajas de algunas tiendas los trabajadores despachaban no pocas razones: que si se está usando el teléfono no pueden pasar la tarjeta; que si la conexión falla muchísimo; que si lleva un papeleo de más; que si el que le sigue en la cola se queja de tanta demora; que si es más fácil pagar al cash

Del otro lado del mostrador los clientes hablan de la facilidad de comprar lo que quieras cuando quieras sin tener un peso en el bolsillo, de la posibilidad de los descuentos según las ofertas de los bancos, de la mala cara de las cajeras nada más con mostrar la tarjeta, de las veces que ha habido que salir a buscar un cajero automático y extraer dinero para pagar en efectivo por la imposibilidad de usar la tarjeta.

Si el empleo de las tarjetas magnéticas se ha extendido desde quienes las solicitan voluntariamente hasta los pensionados que también cobran su chequera de ese modo, ¿por qué no facilitar su uso en lugar de propiciar zancadillas?

Como mismo va progresando la sociedad, algunas personas también se van insertando en tales cambios; tanto, que hoy en Sancti Spíritus alrededor de 70 000 personas disponen de tarjetas del Banco de Crédito y Comercio y más de 86 500 clientes usan las del Banco Popular de Ahorro, de acuerdo con fuentes de ambas instituciones.

Resultan cifras nada despreciables, máxime si se sabe que todos tienen la posibilidad de usar los pocos cajeros disponibles para tantos y la de comprar en las tiendas.

¿Abundancia de tarjetas o deudas tecnológicas? Se supone que si el país está proclamando a diestra y siniestra la adquisición de tales tarjetas, si de vez en vez —y con mayor frecuencia— se promueven rebajas en las compras mediante esta vía, si hasta en muchos centros de trabajo ya las tarjetas han sustituido a los billetes, debería existir un respaldo tecnológico para que funcionaran como debe ser. Debería…  

Penoso que teniendo tarjeta haya que seguir a la antigua: extrayendo el efectivo del bolsillo.

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