Los ingenieros de las civilizaciones antiguas trabajaban los puentes con herramientas simples: cuerdas, plomadas, reglas de madera y una enorme experiencia práctica

Por: Redacción Digital
La ingeniería detrás de los puentes antiguos demuestra que la precisión no nació con las computadoras.
Mucho antes de los cálculos digitales, las civilizaciones antiguas lograron construir puentes capaces de resistir siglos de uso, inundaciones y terremotos.
Romanos, medievales y pueblos antiguos entendían algo clave: la forma importaba más que la fuerza bruta. El arco, por ejemplo, distribuía el peso hacia los laterales en lugar de empujar hacia abajo. Gracias a ese principio, muchos puentes de piedra siguen en pie hoy, incluso cuando el entorno ha cambiado por completo.
Los ingenieros de la época trabajaban con herramientas simples: cuerdas, plomadas, reglas de madera y una enorme experiencia práctica. Antes de colocar una sola piedra, se estudiaba el río, la corriente, el suelo y las crecidas estacionales. Cada bloque era tallado a mano y colocado con una precisión sorprendente, sin cemento moderno, solo encajes perfectos y morteros naturales.
La construcción podía tardar años. Andamios de madera se levantaban sobre el agua, mientras decenas de obreros coordinaban cada movimiento. Un error mínimo podía provocar el colapso de toda la estructura.
Estos puentes no solo servían para cruzar ríos. Eran rutas comerciales, símbolos de poder y demostraciones públicas de conocimiento técnico. Hoy, cuando los observamos, no vemos solo piedra antigua: vemos una ingeniería tan bien pensada que logró vencer al tiempo.
