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Sombra

Pedro Aurelio Rodríguez González: 63 años sembrando futuro en las aulas

El profesor Pedro es un destacado maestro de la escuela primaria Noel Sancho Valladares

Por: Ackjara María Granados Rodríguez

En más de seis décadas de trabajo, Pedro Aurelio Rodríguez González ha visto pasar generaciones enteras por las aulas. A sus más de 80 años, este profesor de escuela primaria continúa frente a sus estudiantes, convencido de que la enseñanza no es una profesión que se abandona, sino una forma de vida que se lleva dentro.

Su historia con la educación comenzó de manera peculiar, no en un aula, sino en la Campaña de Alfabetización. Fue entonces, siendo aún muy joven, cuando descubrió lo que sería su camino. Pedro alfabetizó a diez personas, y entre ellas estaba su propio abuelo. «Ver la felicidad de mi abuelo cuando aprendió a leer y escribir no tiene comparación», recuerda. «Pudo escribir la carta a Fidel, que era la forma de culminar la alfabetización, y eso para él fue un momento de orgullo inmenso. Ver a un hombre de campo, que había trabajado la tierra toda su vida, poder firmar su nombre y leer las noticias… eso me marcó para siempre».

Cuando se hizo el llamado a todos los que quisieran alfabetizar, Pedro no lo dudó. Estudiaba en ese entonces y se incorporó a la tarea en la zona de Neiva. Aquellos fueron meses intensos, de noches estudiando y días enseñando, de compartir con personas humildes que por primera vez tenían la oportunidad de sostener un libro. Fue allí donde comprendió que la educación era la herramienta más poderosa para transformar vidas.

Al culminar el noveno grado, comenzó un curso para maestros de seis meses en la ciudad de Matanzas. Luego lo ubicaron en el Escambray, una experiencia que, según confiesa, lo formó como persona. «Allí aprendí lo que era la verdadera necesidad, pero también la solidaridad. Las familias con las que compartía no tenían mucho, pero compartían lo poco que tenían con aquel joven maestro que llegaba a enseñar a sus hijos».

Pero fue en la escuela Noel Sánchez donde realmente se hizo maestro. «Allí había un gran equipo de profesionales que me ayudaron a formarme», explica. «Uno puede tener la vocación, pero necesita quien le enseñe el oficio, y yo tuve la suerte de encontrar a personas que compartieron conmigo todo su saber». En esa escuela, rodeado de maestros con experiencia, Pedro aprendió los secretos de la enseñanza primaria: cómo captar la atención de los más pequeños, cómo explicar lo complejo de manera sencilla, cómo detectar en una mirada si un niño está aprendiendo o si algo le preocupa fuera del aula.

A lo largo de su carrera, Pedro ha desempeñado diversas funciones: fue metodólogo, jefe de ciclo, y ocupó otros cargos administrativos. Sin embargo, cuando regresó al aula, entendió algo fundamental. «Me di cuenta del tiempo perdido. Lo que realmente me da satisfacción es enseñar, estar frente a los estudiantes, ver cómo aprenden, cómo crecen. Los cargos son necesarios, pero el alma del maestro está en el aula». Esa convicción lo ha mantenido en las aulas durante 63 años, y todavía hoy, superados los ochenta, continúa dando clases en su querida escuela primaria.

Trabajar con niños tiene sus particularidades, y Pedro las conoce bien. Sabe que cada grado es un mundo, que no es lo mismo recibir a pequeños que apenas comienzan a reconocer las letras que trabajar con los mayores que ya leen con fluidez. «En la primaria siembras la semilla de todo lo que vendrá después. Si un niño no aprende a leer bien en estos años, arrastrará esa dificultad toda la vida. Por eso la responsabilidad es tan grande».

Su mayor orgullo, dice, no son los reconocimientos, aunque los tiene y valora. Ha recibido la Medalla Rafael María Mendive, la Medalla de Segundo Grado Frank País, y otras distinciones que jalonan su extensa carrera. «Esos premios son una confirmación de que uno ha cumplido con su trabajo», señala con modestia. Pero lo que realmente llena a Pedro es toparse con sus estudiantes ya mayores por la calle y que lo saluden. «A veces son personas de cuarenta o cincuenta años, con sus propias familias, sus trabajos, sus vidas. Y se acercan y me dicen: ‘profesor, ¿se acuerda de mí?’. Y claro que me acuerdo. Eso significa que dejaste huella en ellos. Que te recuerden, que se acerquen a saludarte, que te pregunten cómo estás… eso no tiene precio».

Entre esos encuentros, recuerda especialmente uno: «Una vez vino un exalumno que es médico hoy. Me dijo que decidió estudiar medicina porque yo le había enseñado a amar la ciencia. Uno no sabe cuándo está sembrando algo que dará frutos años después. Eso es lo hermoso de ser maestro, especialmente en la primaria, donde todo comienza».

«Siempre he tratado de ser al máximo un maestro de verdad», afirma con la sencillez de quien no necesita grandes discursos. Y lo sigue siendo. Día tras día, Pedro Aurelio Rodríguez González llega a su aula en la escuela primaria, frente a nuevos estudiantes, y repite la rutina que lleva más de seis décadas perfeccionando: enseñar.

Porque para él, ser maestro no es lo que hace, es lo que es. Y mientras la salud lo acompañe, no piensa dejar las aulas. «Un maestro se jubila de su plaza, pero no de su vocación», sentencia con una sonrisa. «Yo seguiré enseñando mientras tenga un niño enfrente y algo que transmitirle».

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