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«Mamá, me duele la barriga»: cuando la ansiedad de tu hijo se disfraza de dolor

En la infancia hay distintas manifestaciones de la ansiedad que pueden diferir de los adultos. Las más comunes son: miedos como fobias específicas, fobia escolar o fobia social, separaciones padres, mudanza, entre otras

Por: Doctor Arnel Antonio Rodríguez Cordero, Psiquiatra infantil

Hace un tiempo llegó a mi consulta un niño de 6 años con su familia. Le dolía la barriga y vomitaba cada vez que se acercaba la hora de ir a la escuela. Ya lo había visto el pediatra, que lo examinó con cuidado y no encontró ninguna causa física. Por eso me lo envió.

Esto pasa más de lo que se piensa. La familia sale de esa consulta con un «no tiene nada» que no le resuelve el problema, porque el niño sigue vomitando y sigue sin querer ir a clases. Y en casa empiezan las dudas: ¿estará fingiendo? ¿Lo obligamos a ir? ¿Lo dejamos descansar?

Cuando hablé con él, jugamos un rato y le pedí que me dibujara su escuela. Ahí apareció lo que ningún examen podía mostrar: tenía miedo de su maestra.

Ese niño me enseñó algo que sirve para muchos otros: el dolor era real. Lo que no estaba en la barriga  su causa.

Por qué la ansiedad duele en el cuerpo

Cuando un niño se preocupa o tiene miedo, su cuerpo se pone en alerta. El corazón late más rápido, la respiración cambia y el estómago y los intestinos trabajan distinto. Tú lo has sentido antes de un examen o de una entrevista de trabajo: ese nudo en el estómago que aparece sin que nadie lo llame.

La diferencia es que un adulto sabe decir «estoy nervioso». Un niño pequeño muchas veces no tiene esas palabras. Lo único que siente es que le duele algo, y lo dice como puede. Los estudios llevan años mostrando que los niños con dolores de barriga repetidos, sin una causa física, tienen más ansiedad que los demás.

Y no es solo la barriga. También puede aparecer dolor de cabeza, náuseas, vómitos, ganas de ir al baño a cada rato o un cansancio que no se explica.

Lo que probablemente estás pensando

«Pero si le duele de verdad, ¿no será algo físico?»

Puede ser, y por eso lo primero es que lo vea el pediatra. Hay señales que no se deben dejar pasar: fiebre, vómitos que no paran, sangre, pérdida de peso o un dolor que lo despierta por la noche. Ahora, si el médico lo revisa y no encuentra nada, eso no quiere decir que «no tiene nada». Quiere decir que la causa hay que buscarla en otro lado. Incluso con vómitos, como en el niño que te conté, puede no haber nada físico detrás.

«¿Y si lo que quiere es librarse de la escuela?»

Fíjate en esto: si se queda en casa, el dolor suele bajar. Eso no prueba que esté fingiendo. Cuando se aleja de lo que le preocupa, la preocupación se apaga y el cuerpo se calma. Ese alivio es justamente lo que mantiene el problema. Tú no tienes que decidir si finge o no. Lo que importa es que está sufriendo y necesita ayuda.

«Entonces, ¿lo dejo en casa cada vez que se queje?»

Esta es la parte difícil. Quedarse en casa alivia hoy, pero le enseña al cerebro que la escuela es un lugar peligroso, y mañana costará más entrar. Si el pediatra no encontró una causa física, lo mejor suele ser que vaya, con cariño y con un plan. Y si un día se queda, que sea un día de reposo, no de pantallas ni de premios.

«Si le pregunto por sus miedos, ¿no le meto ideas en la cabeza?»

No. Hablar de lo que siente no crea la ansiedad; al contrario, la alivia. Lo que sí la empeora es el «no es nada» o el regaño.

Qué puedes hacer en casa

  • Créele, sin dramas. Dile algo como: «Sé que te duele. Estoy contigo.» Ni alarma ni sospecha.
  • Pregunta en un momento tranquilo, no en la puerta del colegio ni con prisa. Una pregunta sencilla basta: «¿Hay algo de la escuela que te preocupe?»
  • Enséñale a calmar el cuerpo. Un juego que funciona bien: respirar como si olieras una flor y soltar el aire como si apagaras una vela. Practícalo cuando esté tranquilo, para que le salga cuando lo necesite.
  • Mantén la rutina. Dormir a su hora, comer bien y seguir yendo a clases le dan seguridad.
  • Acércalo poco a poco a lo que evita. Si le da miedo separarse de ti, empieza por ratos cortos y ve alargándolos.
  • Cuida tu propia calma. Los niños leen la cara de sus padres. Si tú te asustas, él se asusta más.

¿Cuándo pedir ayuda?

Consulta con un profesional si el malestar dura varias semanas, si falta a clases, si deja de hacer cosas que antes disfrutaba, si duerme mal o si los miedos no ceden. La buena noticia es que la ansiedad en los niños se trata y responde bien, sobre todo a la terapia. Mientras antes se atienda, mejor.

Cuando tu hijo te diga que le duele la barriga, créele. Y después ayúdalo a descubrir qué más lo está preocupando.

¿Has notado que tu hijo se queja del cuerpo cuando algo le preocupa? Cuéntanos tu experiencia en los comentarios de nuestra página web o en las redes sociales de la emisora.

Dr. Arnel Antonio Rodríguez Cordero

Psiquiatra infantil

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