De manera muy significativa, los niños y niñas aprenden gran parte de su comportamiento observando a sus padres y madres. Cuando un padre o una madre mantienen la calma durante situaciones estresantes, proporciona un ejemplo de cómo manejar las emociones de manera constructiva

Por: Doctor Arnel Antonio Rodríguez Cordero, Especialista en Psiquiatría Infantil
Cuando el entorno que nos rodea se vuelve impredecible y las dinámicas cotidianas se tambalean por circunstancias ajenas a nuestro control, los adultos solemos preocuparnos por cómo impacta esta situación en los más pequeños. Sin embargo, a menudo olvidamos una verdad fundamental de la psicología infantil: los niños no leen tanto los titulares ni entienden los análisis complejos; leen el rostro, la voz y el nivel de tensión de sus padres.
Para un niño, el mundo es su hogar y sus cuidadores principales. Cuando la casa mantiene un mínimo de estructura y los adultos transmiten seguridad, el impacto emocional se amortigua de manera significativa. No se trata de fingir que no pasa nada ni de ocultar la realidad, sino de entender cómo procesan el estrés y qué herramientas tenemos a nuestro alcance para blindar su bienestar emocional.
Las rutinas como anclas de seguridad:
En tiempos de inestabilidad, la incertidumbre externa genera una alta dosis de ansiedad en la infancia. El cerebro de un niño necesita previsibilidad para sentirse seguro. Cuando los horarios habituales cambian o escasean ciertos recursos, mantener pequeñas rutinas diarias actúa como un faro de estabilidad.
- El valor del ritmo diario: Intentar conservar horarios aproximados para levantarse, comer, jugar y dormir ayuda a que el reloj biológico y psicológico del niño descanse. La estructura diaria reduce la sensación de caos.
- Rituales de conexión: Un espacio fijo antes de dormir como contar, leer un cuento, conversar sobre lo mejor del día o simplemente un abrazo consciente refuerza el vínculo afectivo y le comunica al niño que, pase lo que pase afuera, en casa hay un espacio seguro.
¿Cómo hablar de los cambios sin transmitir pánico?
Los niños tienen un radar infalible para detectar cuando algo preocupa a los adultos. Si evitamos hablar de lo evidente, su imaginación suele crear escenarios mucho más terroríficos que la propia realidad.
- Valide sus emociones: Si un niño expresa miedo, tristeza o frustración, evite frases como «no pasa nada» o «no llores por eso». Es mejor validar su sentir: «Entiendo que te asuste que las cosas cambien, a mí también me da respeto, pero estamos juntos y nos cuidaremos».
- Adapte la información a su edad: Explique los cambios con un lenguaje sencillo, concreto y sin sobrecargar con detalles catastróficos que escapan a su comprensión. Limítese a responder lo que preguntan, sin abrumar.
El autocuidado del adulto: la primera línea de defensa
No podemos regular emocionalmente a un hijo si nosotros mismos estamos desregulados. El estrés parental es contagioso. Cuidar de la propia salud mental buscando momentos para respirar hondo, desconectarse de la sobreinformación y pedir apoyo a la red familiar o comunitaria no es un acto de egoísmo, sino la herramienta preventiva más poderosa para proteger a los niños.
La calma no es la ausencia de dificultades, sino la certeza de que podemos atravesarlas acompañados. En nuestros hogares tenemos el refugio más seguro para la infancia: nuestra presencia atenta, paciente y afectuosa.
¿Necesitas orientación profesional?
Si notas que tu hijo o hija presenta cambios bruscos de conducta, alteraciones persistentes en el sueño o una ansiedad difícil de manejar, no dudes en consultar con un profesional de la salud mental infantil. Buscar ayuda a tiempo es el mayor acto de amor y protección hacia tu familia.
Tu opinión nos importa
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Sobre la autor:
Dr. Arnel Antonio Rodríguez Cordero
Centro de trabajo Policlínico Carlos J Finlay
