jueves, septiembre 10El Sonido de la Comunidad

¡No quiero, no quiero, no quiero!»: lo que de verdad pasa cuando su hijo hace una perreta

Una perreta o crisis emocional​ es un tipo de reacción frenética característica de los niños y niñas. Prototípicamente, consiste en un fuerte ataque de ira que incluye protestas, llantos e, incluso, el tirarse al suelo

En general, la mejor manera de responder a una perreta es mantener la calma.

Por: Doctor Arnel Antonio Rodríguez Cordero, Psiquiatra infantil

Imagínese esto: usted está en la bodega, en la cola del banco, en el parque  y de repente su hijo se tira al piso llorando y gritando cosas que ni él mismo entiende. Y para completar, siente que todo el mundo lo está mirando, pensando «ese niño está muy maleducado» o «esos papás no ponen límites».

Respire. Lo que está viendo ahí no es mala crianza. Casi siempre es un cerebro de niño haciendo exactamente lo que sabe hacer a esa edad.

No es manipulación, es que el cerebro todavía no está listo

Aquí les cuento algo que, como psiquiatra infantil, veo que le cambia la cabeza a muchos papás: un niño de dos, tres o cuatro años no hace una perreta para manipularlo a usted. Sencillamente no tiene esa capacidad todavía.

Lo que pasa es más simple y más profundo a la vez: la parte del cerebro que regula las emociones y frena los impulsos apenas se está construyendo. Al niño, literalmente, le faltan los cables para decir «estoy frustrado» en lugar de gritarlo con todo el cuerpo.

Piénselo así: a nosotros los adultos también nos dan ganas de gritar o tirar algo cuando la frustración nos gana. La diferencia es que ya tenemos herramientas para frenar ese impulso. Un niño pequeño, no. La perreta es, sencillamente, el único idioma que tiene disponible en ese momento para decirle a usted «esto me supera».

¿Qué hay detrás de la explosión?

Casi siempre hay un ingrediente detrás:

  • Cansancio o hambre. Un niño agotado aguanta mucho menos un «no».
  • Frustración. Quiere hacer algo solo y no le sale, o quiere algo que no puede tener.
  • Necesidad de atención. La perreta se vuelve su forma de decir «mírame, estate conmigo».
  • Un cambio inesperado. Salir de una actividad divertida, una sorpresa que no esperaba.
  • Un límite. Un «no» que su mundo interno todavía no sabe procesar sin desbordarse.

¿Y qué hacemos en pleno huracán?

Lo primero y ya sé que suena repetido, pero es la clave es mantener la calma nosotros. El niño está desregulado y necesita a alguien afuera que esté regulado para, poco a poco, calmarse también. Si nosotros gritamos, lo único que hacemos es echarle leña a un fuego que ya está prendido.

No intente razonar en caliente. Con el llanto a todo dar, el cerebro racional del niño prácticamente se desconecta, así que las explicaciones largas no sirven en ese momento. Lo que sí ayuda es ponerle nombre a lo que siente: un simple «veo que estás muy frustrado porque querías el juguete» hace más de lo que parece, aunque el niño siga llorando.

Manténgase cerca, pero sin ceder al capricho si no es razonable. Una cosa es acompañar la emoción, y otra muy distinta es darle todo con tal de que pare el show. Si puede, ofrézcale un espacio seguro para calmarse, sin castigo ni gritos, solo compañía tranquila. Y hablen después, no durante: cuando ya pasó la tormenta, ahí sí se puede conversar, incluso con niños pequeños.

El punto medio que sí funciona

Ceder siempre, solo para que el niño «deje el show», también puede volverse un patrón: el niño aprende que llorar fuerte funciona. Pero irse al otro extremo gritar, castigar duro, avergonzarlo delante de otros tampoco enseña a regularse; eso solo enseña miedo.

El punto medio que de verdad funciona es firmeza con calidez: los límites se mantienen, pero desde la contención, no desde el enfrentamiento.

¿Cuándo sí conviene consultar?

Las perretas son parte normal del desarrollo, sobre todo entre el año y medio y los cuatro o cinco años. Pero hay señales que sí ameritan una consulta:

  • Perretas muy frecuentes, muy intensas o muy largas, incluso después de los cinco o seis años.
  • Episodios donde el niño se lastima a sí mismo o lastima a otros de forma repetida.
  • Perretas que interfieren claramente con la vida familiar, escolar o social.
  • Mucha dificultad para calmarse, incluso cuando lo acompañamos bien.

Preguntar a tiempo nunca está de más. A veces una consulta temprana evita que algo normal se convierta en algo que le pesa demasiado al niño y a toda la familia.

Para terminar

La perreta no es un ataque personal contra usted, ni una señal de que está fallando como papá o mamá. Es una etapa del desarrollo, la forma en que un cerebro inmaduro procesa emociones que todavía no sabe manejar solo. Su tarea no es evitar que ocurra eso es casi imposible sino acompañar a su hijo mientras aprende, poco a poco, a manejarlas.

Y si hoy anda en medio del caos de la bodega, sepa que no está fallando. Está enseñando, con paciencia, algo que a todos, en algún momento, nos costó aprender.

¿Y a usted, cuál ha sido su «arma secreta» para calmar una perreta en pleno público? Cuéntenos en los comentarios  seguro le sirve a otro papá o mamá que está leyendo esto ahora mismo.

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