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El discurso de Raúl y el vigente Código de las Familias

El domingo 25 de septiembre, las cubanas y los cubanos, con una votación de 3 millones, novecientos 50 mil, doscientos 88 votos a favor (3 950 288)[1], sobre un padrón electoral actualizado de 8 millones, cuatrocientos 57 mil, novecientos 78 electores (8 457 978), de los cuales concurrieron a las urnas electorales 6 millones, doscientos 69 mil, cuatrocientos 27 (74,12% sobre votos válidos emitidos), plantaron las simientes del nuevo Código de las Familias.

Código

Por: Arturo Manuel Arias Sánchez

Tal mayoría sufragista, apostó por los principios plasmados en el artículo 3 de la norma familiar, permeados a lo largo de su cuerpo jurídico: igualdad y no discriminación; pluralidad;  responsabilidad individual y compartida; solidaridad;  socioafectividad; búsqueda de la felicidad;  equidad;  favorabilidad;  respeto;  interés superior de niñas, niños y adolescentes;  respeto a las voluntades, deseos y preferencias de las personas adultas mayores y personas en situación de discapacidad;  equilibrio entre orden público familiar y autonomía y  realidad familiar, todos devenidos en pautas interpretativas para su justa aplicación.  

Ahora bien, continuando con términos del argot agrícola, ¿cuántas simientes de aquellas retoñarán, crecerán, fructificarán y se cosecharán, rindiendo obediencia a tales principios del Código de las Familias? ¿Serán de ciclos vegetativos cortos o largos? Los venideros años responderán.

Pero hoy, a pesar de las prometedoras simientes plantadas, la mirada en torno a las familias cubanas contemporáneas, me arroja un panorama incierto en cuanto a la consecución de dichos principios, si bien es verdad que muchas de estas, no mayoritarias en el seno social, califican como espigas en crecimiento.

Considero que es momento oportuno en la digresión, rememorar las palabras paradigmáticas del entonces Primer Secretario del Comité Central del PCC y Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, General de Ejército Raúl Castro Ruz, pronunciadas el 7 de julio de 2013, en la clausura de la I Sesión Ordinaria de la VIII Legislatura de la Asamblea Nacional del Popular Poder, en La Habana; de su lapidario discurso, reproduzco lo que sigue:

Hemos percibido con dolor, a lo largo de los más de veinte años de período especial, el acrecentado deterioro de valores morales y cívicos, como la honestidad, la decencia, la vergüenza, el decoro, la honradez y la sensibilidad ante los problemas de los demás.

(…).

Así, una parte de la sociedad ha pasado a ver normal el robo al Estado. Se propagaron con relativa impunidad (…); el acaparamiento de productos deficitarios y su reventa a precios superiores, la participación en juegos al margen de la ley, las violaciones de precios, la aceptación de sobornos y prebendas, (…).

Conductas, antes propia de la marginalidad, como gritar a viva voz en plena calle, el uso indiscriminado de palabras obscenas y la chabacanería al hablar, han venido incorporándose al actuar de no pocos ciudadanos, con independencia de su nivel educacional o edad.

Se ha afectado la percepción respecto al deber ciudadano ante lo mal hecho y se tolera como algo natural (…); el irrespeto al derecho de los vecinos (…).  

Igualmente, (…); se ignoran las más elementales normas de caballerosidad y respeto hacia los ancianos, mujeres embarazadas, madres con niños pequeños e impedidos físicos. Todo esto sucede ante nuestras narices, sin concitar la repulsa y el enfrentamiento ciudadanos.

Lo mismo pasa en los diferentes niveles de enseñanza, donde los uniformes escolares se transforman al punto de no parecerlo, algunos profesores imparten clases incorrectamente vestidos (…).

Es sabido que el hogar y la escuela conforman el sagrado binomio de la formación del individuo en función de la sociedad, y estos actos representan ya no solo un perjuicio social, sino graves grietas de carácter familiar y escolar.

(…).

Después de nueve años de aquel memorable discurso, me pregunto, ¿las llagas sociales denunciadas por Raúl han sanado o están en vías de curación, tras el paso de casi una década?

Me atrevo a afirmar que ¡no!, que se profundizan y se tornan purulentas y contagiosas, bajo la precariedad material del vivir de los cubanos y cubanas de estos días, acentuada por el apretón de tuerca económica empuñado por los vecinos del norte, amén de desastres naturales e industriales, acaecidos en el año.

Sigo preguntándome, ¿cuántos son las plántulas enfermas?

No sé cuántas son, ni creo que haya estimado alguno que se aproxime a su número real; me limito a reproducir lo dicho por el entonces Presidente: (…) no pocos ciudadanos (…).

Basta la visita a espacios públicos, residir en vecindades, transitar calles y avenidas, laborar en centros de trabajo, para que nuestros sentidos (vista, oído y olfato) registren, y retomo las palabras del Primer Secretario, el acrecentado deterioro de valores morales y cívicos, como la honestidad, la decencia, la vergüenza, el decoro, la honradez y la sensibilidad ante los problemas de los demás.

He aquí estampas familiares, recreadas por quien escribe, pero tomadas, a manera de instantáneas fotográficas, del entorno de aquellos predios comunitarios en que vivimos.

Un hijo, todavía imberbe y bajo responsabilidad parental, espeta a sus padres: ¡No me da la gana! ¡No voy a ir! ¡Ve tú!, cuando aquellos le solicitan que busque el pan en la bodega. Al fin, uno de ellos se decide y sale en busca del alimento cotidiano, tan grato al menor.

Otro, mayor que el anterior, le grita al padre o a la madre, o a ambos: ¡No te metas en mi vida! ¡Yo ando con quien me da la gana!, conturbados, él o ella, o ambos, callan y le dejan solo.

Y otro, ya un adulto joven, imprecado por el padre, o la madre, o el abuelo, por su comportamiento disoluto, la emprende a empujones y hasta con golpes, al llamado de atención. Uno o todos ellos, se retiran cabizbajos, sin chistar.

Una joven mujer, evidentemente disgustada por no lograr la compra inmediata del pan (¡siempre el pan!), interpelada por otra sobre la misma gestión, iracunda, le responde: ¡Ni vayas que en la tienda hay una manada de viejos apestosos!

Un marido, con muchas copas de más y mucho menos de dinero en sus bolsillos, interpelada por la angustiada esposa, rinde como respuesta brutal paliza a la cónyuge y a uno de los hijos interpuesto en la diatriba.

En íntima conversación de parejas quinceañeros, la joven le confiesa al novio que está embarazada, que cómo van a enfrentar la situación; de sopetón, el adolescente le responde: ¡Eso es asunto tuyo, no mío! Además, no yo no sé si soy el padre.

En un centro de trabajo, un operario le sopla al oído de otro que la pareja del jefe, a pesar de estar casado, es un mecánico del propio taller y que, según se comenta, va a divorciarse para unirse con el joven: ¡Qué barbaridad!, ¡Cómo se ven cosas con la nueva ley!, apostrofa el receptor del chisme.

Si los transgresores de la nueva norma familiar fuesen pocos, su deleznable actuar ciudadano los multiplica con creces, ante la pasividad de la mayoría.

Ahora bien, la mayoritaria aprobación del nuevo Código de las Familias, expresada en el voto favorable de casi cuatro millones de cubanas y cubanos, me hace preguntarme, ¿cambiará la actitud de estosciudadanosque, sin ponerlos en tela de juicio, también participaron en el sufragio? ¿Asumieron el acto voluntario de votación del texto familiar con el compromiso moral que entraña la responsabilidad individual de cada ciudadano en el ejercicio cívico para el mejoramiento de nuestra sociedad?

¿El depósito de la boleta el día 25 de septiembre en la urna, además de mero sufragio, devendrá en voto de arrepentimiento y cambio de actitudes familiares?

Desafortunadamente, también me respondo: ¡No!

Entonces, ¿qué hacer?

La respuesta la ofrece Raúl en dicho discurso: El delito, las ilegalidades y las contravenciones se enfrentan de manera más sencilla: haciendo cumplir lo establecido en la ley.

Ciertamente, en este año de 2022, a casi cuatro de promulgada la Constitución, el arsenal jurídico del país cuenta con numerosas armas de variada naturaleza reguladora para combatir tales desdichas sociales: así, además del propio Código de las Familias, surgen el Código de Procesos (2021) y el nuevo Código Penal, Ley 151 de 15 de mayo del año en curso, para hacerlas cumplir si están presentes en la escena de las violaciones, Por otra parte, el desenfreno y acentuada caída de los valores cívicos, sutiles y etéreos pero manifiestos a lo largo y ancho del país, acelerados con las precariedades materiales del día a día, es a manera de punto de inflexión, campo feraz entre ciudadanos honestos pero también para ciudadanos oportunistas.

¿Cómo evitar la irreverencia de adolescentes que recién estrenaron su derecho al voto en el referendo familiar, que socavan el respeto debido a adultos mayores o a personas aquejadas de discapacidades?

Respondo: ¡Haciendo cumplir la ley, como dijo el hoy Líder de la Revolución: vale decir ¡el Código de las Familias, el Código Penal y la legislación atinente!

¿Qué instituciones familiares, entre otras, protege el Código Penal?

Echémosle un vistazo, sin entrar en detalles de sus preceptos, pero los interesados en el asunto pueden encaminarse al texto legal y abundar en aquellos.

Así, el TÍTULO XII, denominado Delitos Contra la Vida y la Integridad Corporal, regula las conductas transgresoras y sanciones establecidas en su CAPÍTULO IX Abandono De Personas en Situación de Vulnerabilidad por Discapacidad, Minoría de Edad, Adultez Mayor o Desvalidas, en tanto que el TÍTULO XVI se destina a Delitos Contra la Libertad e Indemnidad Sexual, las Familias y ell Desarrollo Integral de las Personas Menores de Edad, regulando su CAPÍTULO I los Delitos Contra la Libertad e Indemnidad Sexual de las Personas, en tanto el CAPÍTULO III reserva las conductas y sanciones penales en Delitos contra el Desarrollo Integral de las Personas Menores de Edad.

Ciertamente, todas aquellas imágenes del diario convivir que, hasta ahora, capean por sus fueros, muy a pesar del nivel educacional que acrediten sus desaforados practicantes o la pródiga seguridad social, personal o familiar de que gozan, concedida por entidades estatales, en uno u otro rubro, pudieran calificar como delitos familiares sancionables.

Ante tales desacatos, siempre acudirán los sumos juiciosos, ofreciendo como solución (a muy largo plazo) la educación formal que deben rendir las escuelas y las familias, factor determinante pero poco efectivo en el instante mismo, en tanto que la intervención oportuna de las autoridades se torna en apéndice por escribir.

Y es el propio Raúl, otra vez, quien da la respuesta: Es sabido que el hogar y la escuela conforman el sagrado binomio de la formación del individuo en función de la sociedad, y estos actos representan ya no solo un perjuicio social, sino graves grietas de carácter familiar y escolar.

Bajo el nuevo hálito constitucional de 2019, inspirador del Código de las Familias, pregunto: ¿qué postula al respecto la Ley Fundamental cubana con estos males que nos aquejan?

He aquí el inciso f) del artículo 90:

 El ejercicio de los derechos y libertades previstos en esta Constitución implican responsabilidades. Son deberes de los ciudadanos cubanos, además de los otros establecidos en esta Constitución y las leyes:

(…);

b) cumplir la Constitución y demás normas jurídicas;

(…);

l) actuar, en sus relaciones con las personas, conforme al principio de solidaridad humana, respeto y observancia de las normas de convivencia social.

¡He aquí el abrupto camino de siembra de valores cívicos y familiares en el ciudadano cubano cuyo punto de arrancada es el hogar y la escuela, conformando así el sagrado binomio de la formación del individuo en función de la sociedad!

La proclamación del Código de las Familias, por el voto de todos, sumados los de aquellos tendenciosos, bien pudiera ser el primer paso firme en el inicio de esa larga senda educativa, donde hogar, escuela y sociedad coadyuven en la formación del nuevo ciudadano: de él está urgida la nación.

Toca a la familia, a las escuelas y universidades, a la sociedad cubana toda, pisar fuerte su derrotero.

La cosecha, indudablemente, es de ciclo largo; se impone, entonces, brindar los cuidados de aporque a la tierra, su riego y fertilización frecuentes, así como oportunas atenciones sanitarias a plagas y enfermedades oportunistas.


[1] Datos tomados del periódico Granma de 5 de octubre de 2022, según fueron ofrecidos por el Consejo Electoral Nacional.

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