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Ricardo nunca se vanaglorió de salvar a Fidel (+Fotos)

Nelia Chirino, esposa de Ricardo Santana, espirituano de nacimiento y artemiseño por adopción, repasa la historia revolucionaria del hombre que rescató a Fidel del cuartel Moncada, bajo una lluvia de balas

Ricardo

26 de julio de 1953, Santiago de Cuba. Infierno de balas frente a los altos muros de amarillos quemados del cuartel Moncada. Durante la retirada Fidel queda solo en medio de la calle; dispara contra una ametralladora 50 ubicada en el techo de una de las naves. De pronto, el rescate salvador. Un frenazo a lo lejos, alguien ha reconocido al líder del grupo ataque; el último automóvil de los asaltantes se le acerca marcha atrás y lo recoge. A esa hora, nadie repara; mas, los tiros han hecho de los cristales de atrás un amasijo. 

Solo 30 años después de estos sucesos, en un intercambio entre Fidel y el resto de los moncadistas sobrevivientes, Ricardo Santana Martínez, espirituano de nacimiento y artemiseño por adopción, reveló que él había sido el chofer que lo había rescatado ese día.

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“Ricardo era sumamente humilde, y Fidel lo dijo que había sido un exceso de modestia de su parte, haber esperado tanto tiempo para hablar de esta hazaña. Así era él de sencillo”.

Quizás porque compartió con Ricardo los sobresaltos de la vida en el clandestinaje, porque lo supo en el Moncada y en el exilio, porque curó sus carnes magulladas luego de haber sido encarcelado y torturado, la octogenaria Nelia Chirino Llanes, esposa del combatiente, lo haya conocido como nadie.

“Yo tenía 16 años, cuando nos hicimos novios. Él vivía en Las Cañas y yo en Artemisa. Desde el primer momento me percaté de sus actividades revolucionarias porque él habló con mi papá, Francisco Chirino, para hacer prácticas de tiro en su finca; nunca se supo para qué, hasta que tuvo lugar el ataque al cuartel Moncada. Un mes o dos antes del asalto, Fidel estuvo allí comprobando la calidad de la preparación y haciendo otras precisiones.

“Ya cuando Ricardo se va para Santiago, hacía 14 meses éramos novios, y el día que se despidió de mí dijo que iba a hacer las prácticas a otro lugar y que, por eso, ese fin de semana, no me podía visitar”.

COMANDANTE, AQUEL CHOFER ERA YO

5:45 de la madrugada del 26 de julio de 1953: Santiago despierta de súbito. No son los estallidos de los petardos habituales del carnaval lo que se escuchan, son tiros. Los combatientes, liderados por Fidel, intentan tomar la segunda fortaleza militar de Cuba. Una patrulla de recorrido hace accionar la alarma. Falla el factor sorpresa. Llega la orden de retirada; luego, el rescate.

En las páginas de la entrevista Cien horas con Fidel, concedida al politólogo Ignacio Ramonet, la evocación de aquel instante.  

“Estaba solo frente a la entrada del cuartel —rememora la figura principal de la Generación del Centenario— (…) me rescata en ese momento un auto de los nuestros (…) viene en dirección a mí, llega hasta donde estoy y me recoge. Era un muchacho de Artemisa, que manejando un carro con varios compañeros dentro, entra donde estoy y me rescata (…). Yo quise siempre conversar con ese hombre para saber cómo se metió en el infierno de la balacera que había allí”.

Y ese momento excepcional lo vivió Ricardo Santana junto a su esposa Nelia el 20 de julio de 1983. Fue en el Palacio de la Revolución, recuerda esta mujer de 87 años. Se conmemoraba el XXX aniversario del asalto al Moncada. “Fidel preguntaba a cada uno de los combatientes lo que había hecho ese día, y llegó el momento de Ricardo hablar; lo primero que hizo fue pedirle permiso”, relata la también luchadora clandestina.

—Cuando usted iba caminando de espaldas por la calle…, tirando hacia el cuartel, un carro se dirigió hacia usted, de marcha atrás, en medio de la balacera y usted subió a él, ¿lo recuerda, Comandante?

—Sí, lo recuerdo, continúa, le respondió Fidel.

—¿Y recuerda que usted quería atacar el cuartel de El Caney y el chofer le dijo que eso era una locura, que allí sabían lo sucedido en el Moncada y de seguro nos iban a estar esperando y entonces usted le dijo unas cuantas palabras bien duras?

—Verdad que sí. ¿Y cómo tú sabes eso?

—Comandante, aquel chofer era yo.

—Yo sabía que el chofer era un artemiseño, pero no recordaba su nombre. ¿Por qué tú no habías dicho eso antes?

—Porque como usted no había hablado de eso antes, creí, Comandante, que a mí no me correspondía hacerlo.

—Pero Santana, eso es un exceso de modestia de tu parte; eso merece que se conozca.

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DESPUÉS DEL ASALTO

El heroísmo callado de Ricardo fue lo que más Nelia amó de él. “Salvó a Fidel, y eso ha tenido un significado tremendo para la historia; pero nunca se vanaglorió de lo que hizo”.

Después del asalto sobrevino la venganza. Asesinar a 10 prisioneros por cada soldado muerto fue la orden dada por la tiranía batistiana.  Durante días los golpes, las torturas, los lanzamientos desde la azotea, los disparos a quemarropa no cesaron.

“Todavía recuerdo el desasosiego que vivimos —precisa Nelia Chirino—. Mi papá trató de tener noticias de Ricardo a través de un médico conocido de la familia, y le pidió que llamara a Santiago y preguntara por la gente de Artemisa que habían matado allí. Un mes después fue que supimos que Ricardo estaba vivo; él y los hermanos Galán fueron a parar a la finca Casa Azul, en Santiago de Cuba. Allá lo ayudó mucho el padre de Renato Guitart, que al final le llevó ropa de su hijo para que Ricardo pudiera venir de regreso. Yo lo volví a ver después de casi año y medio, cuando entra a la embajada de México en La Habana. El encuentro duró solo 10 minutos. Vernos nuevamente, eso fue algo serio, imagínese usted.

“El día que se iba para México, fui a despedirlo. Aquí tengo la foto, debajo del espejo de mi cómoda. Él está en la máquina, con la cabeza afuera mirándonos; casi no puedo hablar de la emoción”.

Nelia se acomoda los espejuelos y las manos; las manos no se separan del resto de las fotos más amadas. “Llegó el 4 de julio de México y el 24 de septiembre nos casamos. Él empieza a trabajar en la finca de mi papá; sin embargo, todo el mundo sabía que había sido asaltante del Moncada y eso hacía todo más difícil. Aun así, vuelve a incorporarse al Movimiento 26 de Julio; pero siempre muy perseguido por la policía, hasta que un día lo cogieron preso.

“Se lo llevaron para el cuartel de Artemisa y de allí lo trasladaron para la Capitanía de Guanajay. Lo llegaron a soltar porque mi papá habló con el jefe de la Capitanía y este le dijo: ‘Lo voy a soltar bajo tu responsabilidad’; entonces Ricardo le aclaró: ‘Si es con esa condición, no me suelte’. De todas maneras, mi papá insistió y lo liberaron.

“Ese día yo estaba afuera en el carro esperándolo, y cuando salió se me cayó el mundo encima. La camisa estaba desbaratada y el cuerpo lleno de moretones. A él le amarraron las manos, y los golpes se lo dieron fundamentalmente en el estómago; inclusive, le dijeron: ‘Date a la fuga’. Si salía corriendo, le tiraban y lo mataban.

“Salimos inmediatamente de ahí y lo llevamos con el médico. Luego de esa golpiza, nunca fue el mismo; empezó a sentirse mal, y vinieron una serie de problemas de salud que le fueron trascendiendo en el transcurso de los años”.

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EN LA CLANDESTINIDAD

Como en lontananza llegan a Nelia las vivencias junto a su esposo Ricardo Santana en la clandestinidad. Ya había nacido el primero de los hijos, Ricardito, los días por venir serían más difíciles.

 “Cuando sale de prisión, él se va directamente para la lucha clandestina y estuvo en Alquízar, San Antonio de los Baños. Allí, el Movimiento 26 de Julio era liderado por Antonio Ortega, y Ricardo fue designado segundo jefe.

“Aunque en esa época, tenía a mi primer niño, en todo lo que yo pude ayudar, ayudé: preparaba petardos, trasladaba a compañeros que llegaban de otras provincias, llevaba mensajes escritos, algunas veces en el dobladillo de la falda, en el ajustador. Nunca llegaron a agarrarme con nada; pero sí pasé más de un susto. 

“Al triunfar la Revolución, él se encontraba muy enfermo y estábamos en una finca en Quivicán; ese día, los compañeros del Movimiento 26 de Julio fueron a verlo y de ahí, nos fuimos para Alquízar. Todo el mundo estaba alegre. Fue muy emocionante.

“Tuve la dicha infinita de tener tres hijos con él: Ricardo, René —le nombramos así porque fue el nombre de guerra de mi esposo— y Raúl Camilo, que nació justo el día de la desaparición física de Camilo.  

“Ricardo fue mi único novio y mi único compañero de vida. Ha pasado tiempo después de su partida (11 de febrero de 1997); pero todavía me sigue haciendo falta”.

Tomado de Escambray

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