sábado, octubre 1El Sonido de la Comunidad
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Responsabilidad: Palabra de orden ante la COVID 19

2 Prevención COVID 19

En tiempos en los que un virus con corona ocupa titulares, donde la muerte duele más porque es demasiado frecuente, donde la imagen de un convoy de ataúdes recorre el mundo una y otra vez, provocando las mismas lágrimas del primer día… en tiempos en los que debía salírsenos lo mejor, lamentablemente, no siempre ocurre así.

Por una parte están los que atienden a cada llamado y cumplen estrictamente las medidas orientadas, por otro los que, incrédulos, buscan hasta el cansancio, una señal de que “la cosa no es tan grave”, así mismo están los que creen con una excesiva ingenuidad u optimismo que un “milagro” nos salvará… y los otros, a los que debo reconocer no encuentro calificativo para nombrarlos, los que aprovechan hasta un gesto solidario para intentar el descrédito… y digo “intentar” porque por suerte, aún existe mucha gente inteligente y sensible en este mundo.

Pero esos, aunque sacan todo lo más patriótico y cubano de mí, no son los que más me preocupan… a esos, o los enfrento, o los convenzo, o los molesto… Sí, porque se fastidian más ellos con mis ideas que yo con sus mentiras, falaces y ofensivas, pero vencibles, ganables, desmontables….

Los que me desvelan son los que no perciben el peligro y deambulan por las calles sin necesidad alguna, los que persisten en los besos, en los abrazos y en visitar cualquier lugar o persona sin que importe su edad, estado de salud o lugar de procedencia.

En las últimas horas conocimos de nuevos casos de COVID- 19 en Cuba, los números de ingresados crecen y el pánico también, pero… saben qué? Me puse a pensar en cuántos de esos cubanos al llegar de países donde la enfermedad se ha generalizado, habrán convocado a reuniones familiares y fiestas, cuántos de ellos (y otros que pueden no haberse declarado aún) habrán salido casi desde que se bajaron del avión a saludar a todo el barrio, cuántos se habrán aguantado las ganas de ir a cada rincón donde dejaron a un amigo, una tía anciana, una novia…

¿Se habrán detenido a pensar (unos y otros) en el peligro al que se exponían u obligaban, indistintamente? ¿Les habrá alcanzado a todos la cordura para no resistirse al aislamiento? ¿Habrán al menos intentado amarrarse los deseos y los labios…. y las manos?

Pero digo más, este domingo salí de mi casa por poco más de 15 minutos y por razones inaplazables y necesarias, y vi cómo alguna gente, desoyendo el llamado del más elemental sentido común, se reunía en un culto religioso, al que no le faltaron niños, adolescentes, ni adultos mayores… y no lo digo por lo de la alabanza a su Dios, creencias que respeto, sino porque soy de las que piensa que no son imprescindibles los templos para demostrar la fe… y este fin de semana esa fe se hubiera podido ofrecer desde casa y el Señor, estoy segura, lo hubiera aplaudido con más vehemencia.

No son tiempos tampoco de andar encimados en colas en las que si bien es cierto se busca la adquisición de productos de primera necesidad, pudiéramos aprovechar para aprender a respetarnos desde la distancia, y ordenarnos y repartirnos pollo, detergente, papel sanitario y aceite, pero sin que vengan acompañados de un coronavirus que, en primera instancia, nos impediría el uso o disfrute de cada uno de ellos.

Qué bueno sería que dejáramos de culparnos unos a otros, de cuestionar al Gobierno porque si demoró en impedir la entrada de turistas o no procede a cerrar las escuelas, qué importante sería que dejáramos a un lado ahora mismo el odio visceral hacia lo que en esta Isla se decide o no y comenzáramos a hacer nada más lo que nos corresponde, con responsabilidad y conciencia, con seguridad y confianza.

A lo mejor, si fuéramos un poquito más consecuentes con nuestras exigencias, así como en Venecia han comenzado a aclarar las aguas de sus canales y les han comenzado a nacer peces y hasta cisnes por la ausencia de turistas, así como a los puertos de Italia han comenzado a llegar delfines por el retiro de las embarcaciones, así como ha comenzado a purificarse el aire de París… a lo mejor no nos asombraríamos de que un barco con enfermos no fuera abandonado a la deriva, de que medio centenar de médicos haya partido hacia allí, donde la pandemia se ha cobrado más vidas, no molestaría a nadie que una Isla pequeña, bloqueada y casi sin recursos brinde al mundo un medicamento que alivia y salva.

Cuando concluyan los tiempos de este Coronavirus, habremos aprendido que de poco sirven los títulos, las armas y las riquezas… el justo valor de un reencuentro y la falta que nos hacen los abuelos… que la imagen de una calle desolada no necesariamente pertenece a una película del oeste o a un pueblecito del fin del mundo y que una mascarilla puede salvarnos o matarnos… que un metro puede hacer la diferencia y también, por qué no, que un aplauso puede decir más y más alto que mil palabras….

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